El olor de los muchachos voraces – Loo Hui Phang y Frederik Peeters

El western como el mecanismo de un reloj suizo

Frederik Peeters es uno de los grandes nombres del cómic europeo, su nombre va unido de forma indefectible a “Píldoras azules”, el libro que lo hizo conocido y en el que co gran sensibilidad contaba como es convivir con alguien que es portador del virus del SIDA, y como afecta esto a una familia, que ademas, es la suya.

Comenzó con píldoras una carrera que no hace más que crecer en calidad a medida que crece su producción, Peeters se va superando con cada libro y variando de registro como pocos se atreven, de la obra social a la ciencia ficción o de esta al policíaco, y ahora, al western.

Para este nuevo salto adelante se hace acompañar en los guiones por Loo Hui Phang, una (hasta ahora desconocida aquí) artista multidisciplinar que lleva casi veinte años haciendo guiones para cómic.

La acción de este “El olor de los muchachos voraces” se situa en Texas en el 1872, justo después de acabar la guerra de secesión, cuando el gobierno reactiva las campañas de exploración del lejano oeste.  Stingley, un cínico personaje con oscuras intenciones, ansía hacerse con un inmenso terreno donde crear una nueva sociedad, lo acompañan el fotógrafo Oscar Forrest, contratado para documentar la aventura y el chaval Milton, criado de la expedición.

En ese hermoso entorno pronto comienzan a pasar cosas misteriosas, el peligro se esconde detrás de cada piedra, así, el trío protagonista tendrá que tener especial cuidado con la natureza y los comanches, que pueden ser aliados y enemigos casi al mesmo tempo.

Este no es un western clásico, aunque tiene todo lo que se le puede pedir a una historia del oeste, pistoleros, indios, grandes paisajes, emoción y épica. Pero en este libro pocas cosas son lo que parecen y hay más de reflexión que de aventura, la guionista muy habilmente desplaza la historia a más de cien años atrás para descubrirnos que hay temas que son imperecederos y que, salvando las distancias, los prejuicios, el egoísmo y la avaricia son compañeros de la humanidad por los siglos, también, afortunadamente, la amistad.

Hasta aquí casi que solo desgranamos méritos del guión, que es excelente, pero el trabajo en el dibujo de Peeters es notable, probablemente es su trabajo mejor dibujado pero sobre todo el mejor coloreado, la riqueza de los tonos escogidos realza aún más el excelente trabajo del encuadre y la pura narrativa gráfica.

Phang y Peeters firman en este western un libro magnífico, una historia heterogénea en la que de forma valiente abordan también temas como el capitalismo mesiánico, la sexualidad, o la misoginia, mas, de tal forma que no sólo encaja todo como el mecanismo de un reloj suizo, sino que son capaces de hacer que todo el libro funcione como tal, como una perfecta máquina del tiempo de las que nos pueden transportar al siglo del que vino el mamarracho de Trump.

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