Escapar. Historia de un rehén – Guy Delisle

Ser rehén es peor que estar en la cárcel.

Guy Delisle es uno de esos autores que fue capaz de saltar la barrera del cómic y llegar a lectores no habituales del medio, de hecho es uno de esos que conocen los plumillas culturetas que solo escriben de cómic tres veces al año.

Y esto quizás porque consideran que el hecho de que autores como Delisle o Joe Sacco mezclen el cómic con el periodismo implica un estamento que dignifica todo lo que toca (excepto sus propios empleos).

Pero también puede que sea por el modo que tiene Delisle de contar las historias, a medio camino entre el relato periodístico y la comedia de Berlanga que el sabe mezclar en las proporciones precisas en cada uno de sus libros. También, tal vez, porque debajo de la capa de sarcasmo y del trazo sencillo y caricaturesco hay un sólido narrador que dispara con certera saeta.

Esta nueva obra del Quebequés retoma, aunque de modo tangencial, el tema de los cooperantes. El protagonista es Christophe André, empleado de una ONG que es secuestrado en la Chechenia en guerra de los años noventa. Christophe pasa más de tres meses retenido, casi todo el tiempo encerrado en una habitación vacía, acostado en un colchón y encadenado a un radiador. Solo ve a sus carceleros en las horas de comer, un par de veces al día, y ni siquiera puede comunicarse con ellos porque no habla su idioma. En esta situación el tiempo pasa despacio y todo se relativiza, hasta el punto de que el momento de recibir un rayo de sol en la cara o de encontrar un pedazo de carne en la sopa diaria puede esconder un momento efímero de felicidad.

Delisle desgrana las tribulaciones e inquietudes del día a día de una persona que no sabe ni donde está ni que va ser de él, que no puede comunicarse con nadie y que tiene una lucha permanente con su propia imaginación para mantenerse cuerdo. Nos transmite de modo directo y efectivo las sensaciones, miedos, dudas e incluso impulsos de ira o resignación que tiene el rehén.

Casi 400 páginas que transmiten perfectamente el tedio y la intranquilidad de la incerteza a través de la rutina y el aislamiento, el libro va en un continuo “crescendo” hasta el final y hace que acompañemos cada duda del protagonista preguntándonos con el, cuando saldrá de ahí.

El trabajo de Delisle en el dibujo es algo más realista de lo que es habitual en el. Una grata sorpresa, pues sabe manejar el equilibrio entre ser más figurativo y no perder la capacidad sintética de su trazo. Es bien meritorio también el trabajo de narración gráfica pues hay que dar le muchas vueltas a como dibujar una habitación sin muebles y, en la mayor parte del tiempo, con un solo personaje que está atado a un radiador y no puede mover se. El autor usa perfectamente cada recurso, cada pequeño detalle, cada rayo de sol, cada sonido, cada pensamiento o esperanza para mantener el ritmo y atraparnos en una vorágine lectora que mantiene la intriga hasta las últimas páginas.

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