Hernán Esteve – Esteban Hernández

El laberinto de la propia vida y el alter ego como terapia.

Esta nueva obra de Hernández, viejo conocido de la escena fancinera hispana, está editada por la granadina Libros de Autoengaño y tiene un declarado tono autobiográfico. En un ejercicio de desdoblamiento y de sinceridad brutal el autor desnuda cuerpo y alma, a través de un alter ego y de su propio personaje va desmenuzando cosas de su vida en las que cualquiera puede reconocer su infancia, su juventud o su madurez, o todas a un tiempo, porque este libro tiene algo de generacional.

El amor y la amistad, o la confusión de ambos, que sólo se puede diferenciar con la distancia de la madurez, la manipulación de un adolescente, la inocencia, y por tanto, su perdida, estos son algunos de los momentos vividos que Esteban vuelca en esta obra, un libro que se antoja valiente por lo que tiene de exhibicionista, de gritar cierta normalidad oculta y de poner en cuestión el transcurrir de la propia vida. Un ejercicio de auto psicoanálisis que puede llegar a ser tan imprescindible como suicida o tan innecesario como salvador.

El estilo de Hernández va hacia la caricatura-realista, o más bien la realidad caricaturizada en un recurso gráfico que tambien (y tan bien) maneja el italiano Zerocalcare, la hipérbole gráfica a modo de transposición del recurso que tan buen resultado le dió a Woody Allen, llevar su propia imagen y personalidad a lo hiperbólico como forma de establecer unha separación de lo real con la realidad, algo que autores con habilidad para el humor y la exageración son capaces de convertir en un excelente vehículo de transmisión de sentimientos.

El libro está hecho con un bitono azul que no sólo es agradable sino que tiene una cierta función narrativa, el color o su ausencia subrayan momentos, se agradece este estilo que aligera visualmente la carga metafórica y de cotidianidad delirante, y por tanto, real que tiene el guión. Tal vez el único aspecto mejorable está precisamente en esta parte, en el guión, que peca de un exceso de intención metafísica que no alcanza, el ritmo narrativo está lastrado por la total ausencia de palabras de la primera parte, sin duda una apuesta fuerte, radical, pero que no deja de ser un alarde que le sienta mal a las pretensiones filosófico-narrativas del autor.

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